Artículo publicado en la revista de la Cofradía de Santa Teodosia de septiembre de 2026

Hoy en día en muchos de nuestros pueblos se sigue con la tradición ancestral de las suertes de leña o suertes foguerales. En su inicio, cuando la leña era lo que permitía la vida en las viviendas, dando calor para la casa y lumbre para cocinar, era necesario garantizar que todas las familias pudiesen tener acceso a ese material combustible; para conseguirlo se gestionaban colectivamente los montes y se distribuía la madera entre las familias vecinas a través de las suertes foguerales. Hoy en día la electricidad ha sustituido a la leña a la hora de facilitar la vida en las viviendas y, a partir de la directiva de la Unión Europea que creó la figura de las Comunidades Energéticas con una filosofía de fondo coincidente con la práctica tradicional de los Concejos, es posible gestionar colectivamente la generación de electricidad y autoconsumirla.

En Araba hay ya más de 60 Comunidades Energéticas que han apostado por este modelo de energía renovable, gestionada colectivamente, poniendo en marcha instalaciones menores de 100 kWp, sin ocupar terrenos agrícolas o forestales.

Cerca de 1800 personas se han puesto a trabajar en red, para desde el modelo cooperativo, enfrentar los desafíos del cambio climático combinando la protección del ámbito natural, la actividad agrícola y el compromiso comunitario, convirtiéndose en prosumidores, en agentes activos del proceso de descarbonización, produciendo, gestionando y compartiendo su propia energía.

Una gran parte de estas Comunidades Energéticas se han puesto en marcha en el ámbito rural de la mano de los concejos, extendiendo sus objetivos más allá de la promoción de la energía sostenible ya que contribuyen a promover el desarrollo comunitario e impulsar un cambio en el modelo social de la gestión de la energía.

Las Comunidades Energéticas que ya están auto consumiendo en la montaña alavesa, son un ejemplo de vertebración del tejido social, uniendo en un objetivo común a personas de diferentes generaciones, y están contribuyendo a revitalizar el ámbito rural.

Una vez más la actuación de grupos reducidos de personas, que van sumando esfuerzos para poner en marcha pequeñas instalaciones fotovoltaicas, está consiguiendo un importante impacto a la hora de hacer frente al cambio climático impulsando la descarbonización de nuestro territorio.

Estas instalaciones de tamaño humano van a generar en Araba más de tres megavatios de potencia y evitarán el verter a la atmósfera más de 517 toneladas de CO?. Esta cifra equivale, en la práctica, a plantar un bosque virtual de 25.000 árboles que ocuparían más de 35 hectáreas de terreno.

Curiosamente, la tecnología y la transición ecológica no han venido a romper con el pasado rural de Araba, sino a rescatar su esencia más humana. Aquellos montes que antaño se gestionaban de forma comunal para asegurar el calor del hogar no han perdido su propósito; solo han transformado su materia. Hoy, gracias al compromiso vecinal y al impulso de los concejos, la historia se repite con una nueva luz. La vieja suerte de leña se ha convertido, por derecho propio y con la mirada puesta en el futuro, en la nueva suerte de kilovatios.

Por Rafa

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