«Cáritas llega donde el miedo habita, y convierte el frío en un abrazo para el migrante que busca un camino. Su mano es puente, su voz es amparo».
— Mohamed Alí Eddah, en el festival «Poetas en Mayo» (23 de mayo de 2026).
Por las redes sociales, los medios de comunicación y las calles abundan los mensajes que descalifican. Se ataca al migrante, a la Iglesia, a la derecha y a la izquierda. Al mismo tiempo, se multiplican las voces que reclaman justicia social y exigen que «alguien haga algo», pero que acaban convertidas en palabras que se lleva el viento.
Un claro ejemplo de esto lo vivimos hace poco: siete minutos de aplausos tras las palabras del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados que, al día siguiente, se transformaron en un estruendoso silencio cuando casi todos volvieron a las andadas de la descalificación, el insulto y la polarización.
Frente a todo este ruido mediático y social, emerge la labor callada y eficaz de Cáritas. Una labor que da respuestas reales a las necesidades de tantas personas que parecen «no existir» para una sociedad a menudo ocupada en convertir sus caprichos en derechos. Es habitual criticar a la Iglesia católica —con razón o sin ella—, mientras se oculta o se ignora la inmensa labor social que realiza a través de entidades como Cáritas.
El verso que encabeza estas líneas no es teoría; es la traducción de un poema que Mohamed Alí Eddah, alumno del centro de formación de Cáritas en Vitoria, declamó con el corazón en el festival Poetas en Mayo. Sus palabras nacen del agradecimiento, pero también nos recuerdan una realidad innegable: la necesidad de esa acogida humanitaria para garantizar el derecho de toda persona —sin importar su origen, raza, género, lengua o religión— a una vida digna.
Esta labor de integración social y laboral solo es posible gracias al trabajo voluntario de tantas personas que han optado por hablar menos y hacer más. Con su ejemplo silencioso, no solo transforman vidas, sino que nos lanzan un reto directo: dejar a un lado el ruido y unirnos a la acción.

